#MiMejorMaestro: Lelis

Era José Luis, pero se hacía llamar Lelis. No fue mi profesor, sino mi maestro: esa figura omnipresente que impartía prácticamente todas las asignaturas de cuarto de primaria, siendo el propietario exclusivo del curso. En tercero, ya estábamos acojonados. Era famoso. Para bien y para mal. Y, sin duda, él se labró su corona como líder indiscutible entre las decenas de profesores que he tenido, que he sufrido, que he disfrutado.

Durante las primeras semanas, para conocernos, la primera lección fue decir “buenos días” o “buenas tardes” cuando entrábamos por la puerta del aula. Si te ponías tonto, no entrabas. Ahí aprendimos la importancia de presentarnos correctamente en sociedad: reconociendo respetuosamente la presencia de los demás.

La segunda lección fue levantar la mano cuando queríamos participar. Esa dura experiencia, en la que nos sentimos ignorados y condenados a esperas eternas, nos obligó a reconocer el derecho de los demás a expresarse, a escucharlos, y a esperar. Todo a su debido tiempo, especialmente para abrir la boca.

También a la hora de expresarnos, impuso varias normas. Nos explicó que las marcas no eran los verdaderos nombres de los productos a los que nos queríamos referir. Por tanto, no podíamos construir frases con “Coca Cola”, sino con “refresco de cola”; ni con “dónuts”, sino con “rosquillas”. Y si eran los de chocolate, decíamos “rosquillas de chocolate”. Como esto nos hizo gracia, usábamos estos sustantivos con mucha frecuencia. Con eso aprendimos que no todo lo que se instaura en la mente, es la fiel representación de la realidad.

Otra de sus reglas prohibía el uso del verbo “ser” o “tener” en las frases que debíamos construir como deberes. Porque solo recurríamos a estos, argumentaba. La primera semana, mientras me estrujaba mis pequeños sesos en desarrollo, reconocí lo acertado de su justificación. ¡Todas mis frases contenían esos verbos! Así que, para emitir el mensaje, te forzabas a elaborar el contenido de otras formas hasta entonces desconocidas. Este ejercicio me permitió experimentar el placer de ver construida la oración perfecta después de un cierto esfuerzo. También aprendimos, dicho sea de paso, a consultar un diccionario.

No enviaba deberes para el fin de semana. Nunca. Su política era que, cuando trabajásemos, libraríamos esos días. Y si el objetivo de la escuela era aprender a ser unos buenos adultos trabajadores, debíamos conocer también nuestros derechos, y disfrutarlos. Pura coherencia de pensamiento.

Nos prohibió usar el típex. Si cometíamos un error, tachábamos. Y si no queríamos ver tanto borrón en nuestra libreta, debíamos pensar más pausadamente antes de escribir. Es decir, debíamos ser reflexivos: no todas las cagadas de la vida se arreglan echándoles una capa de pintura por encima. De hecho, casi ninguna.

Corregíamos los exámenes en clase, los unos a los otros. Solo un bolígrafo de tinta roja, y lo demás, fuera de nuestro alcance. Así aprendí de los exámenes mismos. No te limitabas a saber si habías aprobado o suspendido. Hacías frente a tus errores, y aprendías de ellos para procurar no repetirlos. De paso, practicábamos la suma con decimales, para obtener la nota total. Y no se nos ocurría hacer trampas con las notas. La primera vez que eso sucedió, fue la única.

Además, ese maldito perro viejo no caía en nuestras zalamerías, escusas, o victimismos. No nos daba la oportunidad de ejercer los roles que ya empezaban a despuntar: el ojito derecho, el vago redomado, el tímido de la última fila, el rebelde guasón… y un largo etcétera de papeles que todos asociamos a una cara de nuestra infancia. Eso fue interrumpido o, al menos, retrasado. Porque, en su aula, solo había espacio para ejercer como alumnos aprendiendo una lección. Con eso aprendías a usar tu trabajo como la mejor carta de presentación, como la vía más honorable para salir adelante.

No me cabe duda de que, ya entonces, Lelis era una de esos viejos maestros de escuela en peligro de extinción. Cuando visito mi pueblo, a veces me acuerdo de él, y fantaseo con la posibilidad de encontrarlo en un bar, invitarlo a un café y, de paso, darle las gracias por todo. Y si ya no está en este mundo, ojalá hubiese sabido que sus enseñanzas siguen aquí. Como ocurre con cada maestro, una pequeña parte de él sigue viviendo a través de mí, y de todos los alumnos que, diseminados por este ancho y vasto mundo, lo primero que hacemos al entrar en una sala es saludar a los presentes.

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