El encargo

Pepe caminaba deprisa, con la cabeza escondida en las solapas de su viejo batín gris, arrimándose a los soportales que lo resguardaban de la lluvia. Se detuvo frente a su viejo negocio: un taller de reparación de calzado bautizado como su padre, “José López”. Mientras giraba la llave, miró hacia ambos lados. “Ala, otra vez”, se lamentó malhumorado. Entró en la tienda farfullando. Se quejaba de su joven aprendiz, que también era su nieto menor. “El último favor que le hago a la Espe”, se prometió a sí mismo. Abrió la caja de automáticos, y los subió para iluminar el local y dar paso a la energía que alimentaba el banco de finisaje y la duplicadora de llaves.

Por fin entró el zagal. Se quitó la capucha y miró al viejo, expectante. Pepe lo miró de soslayo, y giró la cara a las máquinas.

—Llegas tarde, Daniel.

—Lo sé —respondió —. Pero me paró Suso, el del bar, a ver si le podíamos hacer una copia a esto ­—dijo, extendiendo la mano y mostrando una llave.

—¡Cuántas veces te tengo que decir que no cojas material fuera del bajo!

—Pero es que no le abre, y tiene a la gente esperando, abuelo —se defendió, casi gritando.

—Bueno… ¡eah! Así aprendes a hacerlas. —Movió la mano, invitándolo a pasar detrás del mostrador —. Ponte las gafas, que vale más un ojo que una llave.

El crío se adentró y se colocó al lado del jefe, gafas puestas y llave en mano.

—Dame la llave. —El viejo la cogió y cerró los ojos un instante —. Vamos allá, ¡que este hombre tiene prisa!

Ajustó la llave en la pinza izquierda del manillar, y la virgen en la derecha, a la misma altura. Acercó el manillar a los discos, y comenzó a deslizarlo para que la guía recorriese el relieve de la llave original y le fuera trasmitiendo el movimiento al disco que daba forma a la llave virgen.

—Hazlo dos veces, suavemente, mientras no tengas práctica, ¿vale?

—Vale —asintió Daniel.

—Ahora a la pulidora, dos veces, muy suave.

—Para quitarle la cizalla que le queda, ¿no?

—¡Exacto, chaval! —exclamó el viejo, sorprendido de lo rápido que había entendido el proceso.

—Vamos a ver… —Comprobó la similitud de las llaves, y aprobó el trabajo —. Ya se las llevo yo, y me tomo un cortado, de paso —dijo el viejo.

—¡No! —le paró el chaval—. Déjame ir a mí, que le dejé encargado un bocata. — Reflexionó un momento, y dijo —: Te lo traigo yo del bar, si quieres.

—Bueno… —El viejo se quedó un poco sorprendido por la disposición del chico, quizás quería compensar el retraso de esa mañana —. Como quieras, pero vuelve rápido, no te pares a tontear por ahí.

Pero el chaval ya se iba por la puerta. “Qué raro es, y no es nada tonto. A ver si espabila”, pensó, con los brazos en jarras. Agitó la cabeza, expulsando los pensamientos de su mente, y se dispuso a examinar los dos pares de zapatos que le habían traído a última hora de ayer. Cuando se agachó para buscar los encargos en las cajoneras del mostrador, encontró una bolsa medio escondida en una pila de zapatos viejos que nadie había venido a recoger. Se extrañó, porque no solían colocar ninguna bolsa allí. La abrió, y enseguida reconoció el contenido. Eran los zapatos de don Luis, el notario. Se irguió rápidamente y, preso de su furia, los estrujó con fuerza y los lanzó violentamente contra la mesa del mostrador.

Pensó en darle dos capones bien fuertes. Si el chico supiera la habilidad que él tenía. Su poder. El don de tocar los bienes que debía reparar, y ver toda su historia. Y la historia de esos zapatos era dura, por eso sentía tanta rabia. La mujer de don Luis, doña Soledad, era quien había traído la bolsa a su tienda. Ella no dio más explicaciones a su solicitud de cambiarle las tapas a los refinados zapatos de piel de su marido, pero, en cuanto los tocó, Pepe vio a un hombre enfurecido por su dolor de pies, que había aliviado su mala sangre haciéndole sangre a su mujer. La señora, temiendo ser víctima de otra paliza, le había acercado los zapatos en secreto al zapatero, para ver si unas suelas nuevas lo calmaban un poco.

El viejo preparó mentalmente la bronca que le iba a echar a su nieto. Porque eso ya no era un tonto despiste de un chaval atontado. Era un delito cometido con premeditación y alevosía. La acción de esconder era ya, a todas luces, intencionada, para cubrir su vaguería y, lo peor de todo, para mantenerla sin que el jefe se enterase. ¿Qué clase trabajador honesto iba a ser? ¿Qué clase de hombre iba a ser?

El viejo decidió encargarse inmediatamente de los zapatos de don Luis. Viendo el maltrecho estado de las suelas, entendió el dolorido cabreo del notario. Colocó la desgastada suela en la pulidora automática de la máquina, e igualó la superficie. Luego, derramó unas gotas de su viejo bote de pegamento profesional, y las esparció con un pincel por toda la superficie. Colocó una nueva suela, y la prensó con fuertes martillazos. Luego cogió la navaja y empezó a recortar los excesos que quedaban por los laterales. Hizo lo mismo con el otro pie. El nieto no venía, y transcurrían los minutos. Luego pulió los laterales de las tapas nuevas en la lija rotatoria, y los tintó en el rodillo correspondiente. Pasaban los minutos, y ni rastro del chico. A mayores, decidió darles un bonito acabado con su mejor betún. Finalmente, colocó los brillantes zapatos en el mostrador, con las puntas hacia la puerta, listas para apuntar al joven que las había ignorado.

Después de una hora, por fin llegó. Entró cabizbajo, esperando el rapapolvo. Pero se vislumbraba una incontenible sonrisa de felicidad, que hacía ver que su ausencia bien merecía la pena la reprimenda. Pero el viejo no dijo nada, solo se quedó contemplándolo, y esperando. El chico, sorprendido por el prolongado silencio, se puso serio y levantó la mirada. Y se topó con los lustrosos zapatos del delito.

—No es lo que piensas —dijo apresuradamente —. Es difícil de explicar.

—Pues véteme explicando, chico, que me tienes en ascuas.

—Yo….

—Mira…— le interrumpió el viejo —. Esto, aunque no te lo parezca, es un negocio serio que da de comer a tu familia, ¿entiendes? —dijo mientras giraba un dedo a su alrededor.

—Sí, ya lo sé, pero esa señora no debería…

—No debería, ¿qué? No debería, ¿qué?, ¿recibir otra paliza del cabrón de su marido?

—¿Qué? —preguntó consternado el chico.

—Lo que oyes, muchacho, lo que oyes, que este mundo no gira a tu alrededor, a ver si empiezas a pensar un poco en los demás, empezando por mí, por tu madre (que es por la que sigues aquí), y por esa pobre señora.

—Pero, abuelo… ¿tú cómo sabes eso?

—¿El qué?

—Lo del cabrón de don Luis.

—Pues… —El viejo se quedó sorprendido ante esa pregunta.

—Ella no lo dijo cuando vino a dejarlos, y sabes bien que de don Luis, todo el mundo opina lo mejorcito…

—Vino ella un día a meterme prisa, y me lo contó —mintió, intentado salir del atolladero.

—Pero si no volvió desde aquel día, y tú apenas sales de casa, con todo esto del coronavirus —dijo el chico, poniendo sus pensamientos en voz alta.

—Mira, Daniel, hay cosas que yo sé, y ya está. Y no cambies de tema — se defendió Pepe.

—Abuelo, yo también sé cosas, y sé bien que los zapatos se quedan aquí.

—¿Cómo? —preguntó el viejo, frunciendo el ceño.

—No se los daremos, ¿vale? —propuso el chico, un poco inseguro.

—Pero vamos a ver, Daniel, ¿tú qué sabes? —interrogó el viejo, ya más confuso que enfadado.

—Yo ya no sé nada, pero de verdad, no se los puedes dar, tú confía en mí.

—Hijo, se los tengo que dar, de verdad.

—Abuelo, ¿tú cómo sabes lo que le pasó a esa señora? —insistió.

—Y tú, ¿por qué no se los quieres dar?

—Porque si se los das, morirá.

El viejo se quedó sin palabras. Perplejo, se tomó un instante para pensar cómo encarar la situación. Y decidió poner las cartas sobre la mesa.

—Mira, Daniel, yo veo cosas. Cuando toco…no sé, los zapatos de la gente, o sus llaves, veo su historia, lo que ha ocurrido con eso.

—¡No me jodas! —exclamó el nieto, sonriendo.

—Mira, chaval, no te rías…

—Abuelo, a mí me pasa lo mismo, pero para delante.

El viejo se quedó paralizado. Le costaría creérselo si no fuera porque a él le ocurría exactamente lo mismo. ¿Qué clase de sangre tenían en esa familia?

—Entonces, vamos a ver, Daniel… —Dudó un instante, y preguntó—: ¿Qué viste cuando tocaste estos zapatos?

—Lo que vi fue a doña Sole muerta, abuelo. Vi que el marido se ponía los zapatos nuevos, estos que veo aquí y ahora, arregladitos y brillantes, y se da cuenta de lo que hizo su mujer. Y no sé por qué, ese malnacido entra en cólera y le pega tal paliza que la mata. Eso es lo que veo.

—¡Joder! —exclamó —. Pero, Daniel, si se da cuenta de que no tiene ese par de zapatos, ¿no tendremos el mismo resultado?

—Eso es lo que no sé, abuelo, yo solo sé lo que vi: si se los damos, muere.

—Pues estamos en una buena.

Reinó el silencio en la tienda.

—¿Cuándo viene a recogerlos?

—Mañana, creo.

—Hum…

—¿Qué hacemos?

—No sé, hijo, no sé… Oye, Daniel, con la llave de esta mañana, ¿qué viste? Porque saliste tan deprisa, que ahora que lo pienso, no sé… Sé que no mentías con lo de la gente esperando para entrar al bar, porque lo vi cuando me la diste.

—Pues… —Se puso colorado —. Vi que, la Laura, la hija, se fijaba en mí cuando le daba la llave, y que me invitaba a un bocata.

—Ah… y así fue, claro. Por esto traías esa cara de tontete.

—Sí —reconoció el chico, obviando la pulla.

—Venga, vamos a cerrar, que ya es hora.

—¿Y qué hacemos con esto? —preguntó, moviendo la cabeza hacia los zapatos.

—Mañana se nos ocurrirá algo, hijo.

El viejo pasó la noche sin dormir, y el nieto, dos calles más abajo, también. Al día siguiente, llegaron puntuales los dos.

—Buenos días.

—Buenos días.

Allí seguían los zapatos, recordándoles el asunto sin resolver. Y llegó doña Soledad, a eso de media mañana.

—Hola caballeros, ¿cómo va el día?

—Hola, doña Sole. Aquí estamos, ¿y usted? —saludó el viejo.

—Aquí estamos, haciendo recados. ¿Ya están los zapatos? —Y miró a los que reposaban en el mostrador, con cierta ansiedad.

—Sí… pero… aún no los tenemos bien rematados, ¿verdad, Daniel? —dijo el viejo.

—Sí, sí, aún tienen trabajo.

—Pues yo los veo fantásticos —dijo ella. Los tocó, apremiante—. ¿Qué te debo, Pepe?

—Pues…, no sé, Daniel, cóbrale tú —dijo el viejo.

El chico, se acercó lentamente. Ella se dio cuenta.

—¿Pasa algo?

—No, nada…

El chico cogió los zapatos, y los sostuvo unos segundos, sopesando qué hacer. Se los tendió a la señora. Ella los cogió, pero el chico no los soltó y la miró, suplicante. La señora también lo miró, y así se quedaron los dos, sujetando los zapatos. Y el chico empezó a sollozar.

—Doña Sole… —farfulló.

Ella intentaba entender la súplica hasta que, instantes después, pareció entender. Y también se puso a llorar. El viejo se emocionó un poco también, pero más bien por el orgullo.

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