El fuego del amor propio

La del amor propio es la desventura amorosa que más sufrimos, pero de la que menos hablamos. Quizás porque este amor es aún más intangible que los otros, casi un misterio sin explicación. No sabemos muy bien qué es, ni de qué depende.

Parece no existir logro suficiente que le otorgue una existencia imperecedera. A veces, cuando nos rebelamos dando un paso al frente o cuando conquistamos algún sueño, creemos haberlo encontrado al fin. Lo sentimos como una especie de soplo de aire que aviva nuestro fuego interior. Pero perdura demasiado poco. Cuando esa ráfaga muere, las llamas menguan de nuevo. Y comprendemos que no hay palabra mágica ni acto heroico que encienda una llama eterna. Otra vez, a merced de ese no se qué.

Quizás el secreto esté, justamente, es mantener el fuego constante. Troncos, ramas, rastrojos, sin parar, una y otra vez. Esa es nuestra tarea clave: preservar el fuego vivo, contemplándolo en un satisfecho recogimiento, y dejándonos calentar por él.

Es una guardia íntima, pero no solitaria. Las buenas compañías alivian la intrincada carga de este cuidado. Porque ciertamente es una tarea ardua, que se perpetúa hasta el último aliento. Y de aquéllos que se han sentado con nosotros a velarlo, quizás quede alguien que, sobre las cenizas que hemos dejado, se atreva a encender su propio fuego.

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