Libros y chocolate

Debo confesar que, de las mejores obras que he leído, apenas recuerdo el final, ni las técnicas empleadas, ni el estilo de su genio creador. Lo que nunca me abandona de ellas es su mensaje: esa revelación -grande o pequeña- acerca del mundo que hasta entonces me era desconocida. El insight, en términos freudianos.

Tampoco me olvido del estado de ánimo que me invade en el hipnótico transcurrir de las páginas. No importa qué genere: esperanza, enfado, determinación, tristeza…. Una gran obra es la que despierta un estado de ánimo, que es mucho más complejo y duradero que una simple sensación de curiosidad o una pasajera necesidad de entretenimiento.

También atesoro esos personajes que se construyen y se reconstruyen a sí mismos en base a los aprietos tan acertadamente impuestos por el devenir de la trama. Si la vida real nos obliga permanentemente a cambiar, la ficticia lo hace de forma más incisiva y cruel.

Lo que perdura de ellas es, al fin y al cabo, su esencia: ese aroma intangible que se instala en el alma lectora mucho después de haberlas devorado.

Pues los mejores libros son como el chocolate 99% de cacao. Ese que, a medida que se deshace en la lengua, va dando paso a un espesor profundamente amargo, que se entremezcla con decenas de matices innominables. Ese que, ya terminado, todavía sigue bailando en la boca, dejando un delicioso gusto en el paladar que se prolonga mucho más allá de haberlo engullido.

Así son estos elementos de alta calidad: perennes e inefables. Y deliciosos.

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