La evitación vivencial y la fusión cognitiva

Uno de estos días, tenía una tarea a realizar. Era sencilla: preparar la presentación de mi tesis doctoral. Después de años de trabajo, de escribir un libro de tamaño considerable que reuniese los méritos para alcanzar el grado de doctor, de superar mil trámites y varias comisiones, ¿qué dificultad tendría, entonces, preparar un power point resumiendo los aspectos principales de la investigación?

No, no era por la dificultad. Pero el simple hecho de imaginar abriendo la ventana de presentación, me producía una gran activación, que rápido identifiqué como la famosa ansiedad: el corazón latiendo desbocado, el sudor de gota gorda, el frío en las manos, el estómago encogido.

¿Por qué me ocurría esto? La cabeza. Los pensamientos me golpeaban incesantemente: ¿y si encuentro un error garrafal en el pdf? ¿Y si me doy cuenta que esta tesis no hay por donde cogerla? ¿Y si me quedo en blanco en el acto de defensa, y todo se va al garete? La mayoría eran los denominados “pensamientos catastrofistas”.

Ante esto, mi respuesta automática fue evitar el comienzo de mi labor. Encontraba cualquier excusa, por estúpida que fuera, que me “obligaba” a posponer el temido inicio: ropa que recoger, ventanas sucias, un libro que estaba a punto de terminar, una llamada a una amiga de la que hacía tiempo que no sabía nada. Todo me valía: limpieza, llamadas, otras cosas más atractivas. Y así, evidentemente, mi ansiedad caía de golpe.

Pero con esta estrategia, algo seguía sin estar bien. El insomnio aparecía cada noche. Y cuando por fin me conquistaba el sueño, las pesadillas eran monotemáticas: llegaba el día de la defensa sin la presentación preparada. Y ahí volvía, como un ola traicionera, toda mi ansiedad. Y súmale, también, la culpa por estar retrasando lo inevitable.

Entonces me di cuenta de la trampa en la que había caído. La evitación vivencial. Este es solo un ejemplo anecdótico de lo supone este fenómeno. Pero puede llegar a abarcar otras muchas áreas, llegando incluso a generalizarse por completo, como un sistema de funcionamiento general. La evitación vivencial es una disposición a evitar aquellas situaciones que nos generan malestar o angustia, intentando no enfrentarnos a las situaciones que las causan.

Pero no podía continuar así, era absurdo.

Mi primer intento fue analizar racionalmente estos temores: la escasa probabilidad de encontrar algo, después de decenas de revisiones, que lo echasen todo a perder. El feedback de todos mis compañeros y supervisores, repitiéndome que era una investigación fantástica. Pero no llegaba, no bastaba para desterrarlos de mi cabeza.

Entonces fui consciente de había caído en otra trampa: estaba peleándome con el contenido de mis pensamientos negativos. Estaba en plena fusión cognitiva: la tendencia a creer que en el contenido literal de mis pensamientos.

Entonces, paré de discutir con ellos. Son solo frases, que vienen y van, que vienen y van. Y dejé de luchar. Comencé con la defusión.

Y me senté, al fin, a preparar la dichosa presentación. Al cabo de un par de diapositivas, nada: no había ansiedad, ni pensamientos. Estaba centrada. Y orgullosa. Había superado la trampa de la evitación.

Nota. Entrada basada en los supuestos básicos de la Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT).

Manual de referencia:

Terapia De Aceptacion y compromiso: Proceso y práctica del cambio consciente (Mindfulness). De Steven C. Hayes, Kirk Strosahl y, Kelly G. Wilson.

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