Por los amigos de la infancia

Somos afortunados los que, en la adultez, conservamos alguna amistad de la infancia.

Y es curioso pensar en cómo evolucionan estas relaciones. No sé si solo me ocurre a mi que, en estos reencuentros, me sorprendo saltando en el tiempo de una forma tan espontánea que hasta ahora me había pasado desapercibida.

Tras los fuertes abrazos del inicio y ponernos un poco al día, pronto nos empezamos a comportar como si fuéramos otra vez esos niños o adolescentes, alocados e inocentes, rememorando el sinfín de tonterías cometidas y repitiendo los rituales que dan esa sensación de unidad y pertenencia a la “tribu”. En estos trances, cuando conecto con mi yo adulto, miro de reojo para examinar los ojos externos que nos observan, y sé que nos tildan de absurdos. Yo lo haría. Pero enseguida los desquito de mi cabeza, y me sumerjo de nuevo en mi viaje al pasado.

Pero lo que más me gusta es el regreso al presente. Se produce cuando comenzamos a confesar los logros y miserias que enfrentamos como adultos. Y veo lo mucho que hemos cambiado, lo agridulce que es la vida con todos, y la esencia que seguimos conservando, sin importar “los años y los daños”.

Uno es privilegiado de conservar estas amistades, porque el tiempo les da una solidez que solo la honestidad de la infancia les puede otorgar.

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